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La fe y la violencia en la semana santa

La fe y la práctica socio-religiosa de Jesús, le llevó a la muerte. No era un delincuente, dice el Papa Francisco, y muere como tal. Esta situación puede ayudarnos a entender algunas cuestiones que vivimos en el país.

Desde hace ya casi 20 años, la violencia ha tomado carta de ciudadanía entre nosotros. Los cárteles del narcotráfico, el secuestro y la muerte han configurado nuevos modos de morir. En muchos casos se trata de gente inocente que estuvo en un lugar equivocado, dicen las autoridades -como si disparar armas en la calle fuera lo adecuado-, o de personas que fueron levantadas para cubrir la cuota de muertos. Otros por el solo hecho de ser migrantes son considerados presas fáciles.
Para las autoridades, el país está en calma. Sin embargo, los datos que las redes sociales nos permiten conocer muestran al menos tres cosas: la descomposición social, la vulnerabilidad de la sociedad y la incapacidad de las autoridades para satisfacer dos necesidades básicas, la certeza de que tendremos qué comer y la seguridad de que nadie intentará quitarnos la vida al salir a la calle.
Paradójicamente, México, un país con más del 80% de creyentes católicos y un número creciente de cristianos evangélicos, no puede detener la violencia.
Los delincuentes de este país comparten la misma cultura de fuertes raíces judeo-cristianas, independientemente de su pertenencia a alguna iglesia. Han sido formados en las tradiciones de los mayores, e incluso pueden realizar algunas prácticas religiosas, y según su preferencia usar algún símbolo sagrado.
¿Cómo explicar entonces la violencia en un país de mayoría creyente? Los días de la Semana Santa pueden ayudarnos a esbozar una conjetura.
La sociedad mexicana se parece –salvadas las distancias históricas- a la sociedad de Jesús, dividida por distintas facciones: Allá estaban zelotes, esenios, fariseos, saduceos, herodianos, artesanos, extranjeros y por supuesto los débiles de la cadena: mujeres, niños y pescadores. Se trataba de distintos partidos unos con violencia explícita o con propuestas excluyentes. Otros padeciendo las arbitrariedades de los que estaban en la cúspide de la pirámide política y religiosa. Acá tenemos partidos políticos, narcotraficantes, secuestradores, reformas hacendaria, política, educativa; también sindicatos que se distancias de sus agremiados, un pequeño grupo de empresarios que tiene más del 80% de la riqueza del país; además gente común y corriente, empleados, estudiantes, amas de casa… Cada uno vela por sus propios intereses, y también muchos mueren sin ser delincuentes… simplemente por –eufemísticamente- estar “en el lugar equivocado”

Allá –en la sociedad de Jesús- se habían acostumbrado a vivir en la opresión; acá, nos estamos acostumbrando a la violencia, al secuestro, a la maldad.
El mensaje de Jesús, fue el detonante para su muerte. La denuncia profética del verdadero lugar del hombre expresado en la frase “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”, puso en su lugar a los que detentan el poder religioso. Otra frase: “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, señaló las artes del poder político.
En un mundo violento, como la sociedad de tiempos de Jesús, la muerte era la consecuencia lógica de su mensaje. Por eso muere como delincuente siendo un profeta.
La muerte de tantos mexicanos en los últimos años, puede resultar profética si se convierte en una denuncia, y en la exigencia a las autoridades de una sociedad más estable, tranquila y donde se pueda vivir en paz.
La violencia de la semana santa –tanto la que se recuerda con el prendimiento de Jesús el jueves santo, como la de la pasión y muerte del viernes- puede darnos la oportunidad de pensar en cómo podríamos buscar la resurrección de la sociedad mexicana. Al menos es una opción más… en tiempos de violencia y de prácticas de fe.

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