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El Dr. Arturo Navarro
ha seguido las tensiones entre la Iglesia católica y los sectores
tradicionalistas lefebvristas. A través de siete colaboraciones,
analiza el avance del conflicto, las estrategias de ruptura, la
respuesta de Roma y las disputas en torno a la autoridad, la unidad y
la interpretación religiosa. Una serie que permite reconstruir el
proceso desde sus primeras señales hasta su consumación cismática. La
presente página constituye una compilación de los siete escritos
antes mencionados.
Cisma tocando a la
puerta
Los datos, las
reacciones y las decisiones de un sector de clérigos detractores del
Papa Francisco apuntan a la preparación de una ruptura.
En una sociedad cada
vez más diversa y plural como la nuestra, hablar de cisma parece un
contrasentido. En una institución aparentemente homogénea -como
parecen suponer algunos-, el cisma se interpreta como un signo de
desacuerdo por la ortodoxia. El cisma surge como una división, una
ruptura que se gesta poco a poco y que pone a la vista la
confrontación permanente de opiniones en torno al ejercicio del
poder, pero revestida de una lucha por proteger la verdad. Por ello,
la narrativa previa al cisma se plantea como un enfrentamiento por la
ortodoxia y se reviste con un halo de sacralidad por parte de sus
diferentes impulsores.
Los principales cismas
tienen como eje vertebrador la búsqueda del poder y la consolidación
de quienes lo detentan y perciben su desplazamiento, al aparecer
nuevos grupos e interpretaciones. La lucha por el poder se presenta
al menos bajo tres perspectivas: la primera se refiere a conservar
el poder de la interpretación, que supone la posesión de la
verdad. Al respecto se puede recordar la discusión por el monofisismo
que terminó en la ruptura con los coptos y algunas iglesias
orientales, o el surgimiento de la Reforma Protestante. La segunda
razón de los cismas es el debate por el poder de precedencia y
decisión que supone el reconocimiento de una autoridad suprema
única, como en el caso de la separación de la Iglesia de Oriente en
1054, el Cisma de Aviñón o la misma Reforma. La tercera cuestión por
la que puede ocurrir un cisma es la lucha por el poder de perpetuar
la tradición, como en el caso de los lefevbristas y otros grupos
sedevacantistas, bajo la idea de que existe una única forma de creer.
De esta forma: verdad, interpretación, autoridad y tradición
son los cuatro ejes de los cismas -pero paradójicamente-, al mismo
tiempo el equilibrio entre ellos permite mantener la unidad. Cuando
uno de ellos empieza a moverse, los cimientos de la pregonada unidad
evidencian la diversidad de posicionamientos, grupos, perspectivas y
hermenéuticas en juego, y con ello eventualmente puede ocurrir el
resquebrajamiento. Los cismas ocurren cuando al menos dos de estos
ejes - verdad, interpretación, autoridad y tradición- entran en
conflicto por razones de conservar el poder -ya sea de interpretación,
de precedencia y decisión o de perpetuar la tradición-. En el
Papado de Francisco, los cuatro componentes se mueven. Un análisis
cuidadoso permite observar que en el pontificado de Francisco han
entrado en confrontación los cuatro ejes que sostienen la unidad por
lo que es posible un cisma.
En el periodo conciliar
queda clara la existencia de grupos que se confrontan a distintos
niveles. Cada uno tiene como referente un eje de su lucha: la
conservación de la verdad, la búsqueda de una interpretación única,
el posicionamiento de un grupo que se entiende como autoridad, o el
mantenimiento de la tradición y la corrección del error. Estos grupos
se manifiestan en el Concilio, pero tienen su origen en el
pasado. Actualmente, las expresiones y acciones de algunos
cardenales, las declaraciones de clérigos vinculados a la Curia
Romana pero hoy desplazados, algunas acciones de miembros del aparato
diplomático vaticano, el desplazamiento de sedes cardenalicias para
elegir cardenales de la periferia, la negación de episcopados
completos a aplicar Fiducia supplicans, y la simulación para
seguir las orientaciones del papa -entre muchas cosas más- muestran
que en la Iglesia Católica Romana existen las condiciones para el
cisma. Estas posiciones pasan por la construcción de un discurso
deslegitimador del Papa Francisco, con el que se construye la justificación
para la ruptura. Al acusar al Papa de hereje se le señala como
heterodoxo sosteniendo que niega algún dogma, práctica o
interpretación tradicional. De este modo, sosteniendo que el Papa es
un hereje, se diluyen los vínculos de respeto, cercanía y obediencia,
aunque haya juramento de por medio cuando se es elegido y consagrado
cardenal u obispo. La próxima batalla de estos grupos será en el
futuro Cónclave.
Ante este panorama el
Papa Francisco, acostumbrado a moverse en terrenos pantanosos -como
el gobierno de una provincia jesuita y la dirección de una
arquidiócesis en tiempos de la dictadura, izquierdas populistas y
ascenso de la derecha-, ha señalado que no teme a un cisma. Resulta
significativo que en 2019 a su regreso de una visita pastoral a
Mozambique, Madagascar y Mauricio señalará “rezo para que no haya
cismas, pero no tengo miedo”. Una cuestión que profundizaré en la
próxima entrega.
Disgusto y ruptura
de los tradicionalistas
En el ambiente de los
tradicionalistas, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se ha
convertido en una referencia para buena cantidad de personas, tanto
los formalmente tradicionalistas como aquellos que expresan aprecio
por la misa tridentina. Sin embargo, hay coincidencias con otros
grupos de la misma perspectiva. La identidad de estos grupos se ha forjado, no sólo por conservar la
liturgia tradicional, sino a fuerza de un discurso de resistencia al
Concilio Vaticano II, la creación de seminarios propios, construcción
de templos y la cercanía a grupos que les apoyan, e incluso la cesión
de espacios litúrgicos y templos en algunas diócesis. Esta identidad
se ve reforzada por la referencia al lema Christus vincit,
Christus regnat, Christus impe rat (Cristo vence, Cristo reina,
Cristo impera). Se trata de una frase que justifica y da soporte a su
confrontación con Roma, el Papa -sea cual sea- y el Concilio. En los
años recientes, se vieron favorecidos por Benedicto XVI que permitió
el uso del rito antiguo, sin embargo, en el pontificado de Francisco
recibieron un fuerte golpe con la prohibición de la celebración.
Benedicto XVI señaló que “el Misal Romano promulgado por san Pío V, y
nuevamente por el beato Juan XXIII, debe considerarse como expresión
extraordinaria de la misma «Lex orandi» y gozar del respeto debido
por su uso venerable y antiguo. [...] por eso es lícito celebrar el
Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano
promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que nunca se ha abrogado,
como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia” (Summorum
pontificum Art 1). En contraposición el Papa Francisco en la
carta apostólica Traditionis custodes tomó una decisión
diferente al señalar que “los libros litúrgicos promulgados por los
santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los
decretos del Concilio
Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del
Rito Romano” (Traditionis
custodes Art 1). A la base de esta decisión se encuentran varios
puntos que no hay que olvidar a riesgo de una revisión superficial:
la decisión de Benedicto XVI buscaba recuperar la unidad y facilitar
la comunión eclesial; esto no sucedió pues los tradicionalistas
siguieron oponiéndose al Concilio, la práctica de la misa bajo la
liturgia tradicional operó de manera diversa creando confusiones en
los fieles y en los mismos responsables de la liturgia en algunas
diócesis. El pretexto de Francisco fue una instrucción dejada por
Benedicto XVI de someter a revisión su decisión. Benedicto muere
cuando el proceso está en marcha. Es decir, por más aprecio que los
tradicionalistas tuvieran sobre Benedicto XVI, él fue el iniciador de
la revisión y Francisco sólo la continuó; pero la posibilidad de dar
marcha atrás estaba en la perspectiva de Benedicto XVI. Si bien nunca
se derogó la liturgia tradicional, Francisco la deja fuera al señalar
que los libros litúrgicos derivados del Concilio son la única
expresión de la lex orandi del Rito Romano, es decir, de facto
se da marcha atrás a la decisión de Benedicto XVI y se deja apenas un
resquicio para ella.
La llegada de León XIV al papado, generó expectativas diversas, pero
entre los tradicionalistas se veía como aquel que corregiría lo que
consideran errores de Francisco. Acostumbrado a usar la mano
izquierda, León XIV empezó a usar símbolos que fueron interpretados
como un regreso a la tradición. Estos hechos no fueron suficientes
pues el 2 de febrero de 2026 el superior de la Fraternidad Sacerdotal
San Pío X, David Pagliarani comunicó la decisión de realizar nuevas
ordenaciones episcopales el 1o de julio para salvaguardar el
movimiento con lo que implica: situarse al margen de Roma, mantener
la resistencia al Concilio y buscar de facto la aprobación del rito
tradicional. Este hecho coloca al grupo más representativo del
tradicionalismo en el límite de la excomunión y por tanto del cisma,
al no contar con la autorización del Vaticano. La petición de nombrar
obispos hecha a León XIV en 2025 fue rechazada. A esta decisión
anteceden los posicionamientos del Papa que no han sido bien
recibidos por los tradicionalistas, entre ellos, los que apuntalan
-aun con ajustes- las reformas de Francisco: el ejercicio de la
sinodalidad; la decisión de no hablar de la Virgen María como
corredentora; la Carta Apostólica Una
fidelidad que genera futuro con motivo del LX aniversario de los
decretos conciliares Optatan Totitus y Presbyterorum ordinis; y la
Exhortación Apostólica sobre los pobres llamada Dilexi
te. Estas decisiones, además de aquellas organizativas en el
Vaticano, dan cuenta de cierta continuidad con Francisco, y dejan de
lado la suposición tradicionalista -con la que León XIV no dialoga-
de que la iglesia se está acercando al modelo protestante. Los casos
citados tocan el mundo de la teología mariana, la formación de los
seminaristas, la opción por la sinodalidad que va directamente a
transformar la gestión pastoral, y los dos Decretos Conciliares
impactan la formación sacerdotal; por lo que se convierten en piedra
de choque directo al pensamiento de los tradicionalistas. Las
acciones litúrgicas del Papa no han pasado de pequeños guiños, pero
en el ámbito tradicionalista pesa más la negativa a aceptar el
Concilio, condición sin la cual los acuerdos se vienen abajo.
La iglesia católica quiere evitar el conflicto sin dar marcha atrás,
en tanto que a la FSSPX no le importa generar el conflicto no dando
marcha atrás. El 12 de febrero de 2026 se reunieron el Cardenal
Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de
la Fe, y el Superior General de la FSSPX, Davide Pagliarani. Se trató
de apenas un acercamiento con la intención de evitar la ruptura. Sin
embargo, los hilos del cisma están trazados desde hace más de 60 años
y difícilmente se lograrán acuerdos. Por parte de los lefebvristas
todo indica que seguirán adelante con el nombramiento de obispos sin
autorización al considerar que “el estado objetivo de grave necesidad
en el que se encuentran las almas exige tal decisión” (Comunicado FSSPX).
Francisco tenía clara la perspectiva
del cisma y sin temerle aceptaba esta posibilidad desde
septiembre de 2019 “No le temo a los cismas. Rezo para que no haya
ninguno [pues] el camino del cisma no es cristiano”. La posición del
Papa León XIV ha sido clara con los tradicionalistas: no se cambia el
rumbo de Francisco, y el diálogo es a través del Dicasterio para la
Doctrina de la Fe, donde el eje de la conversación es realizar un
trabajo para acordar “los diferentes grados de adhesión que exigen
los diversos textos del Concilio Ecuménico Vaticano II y su
interpretación”; y “los requisitos mínimos para la plena comunión con
la Iglesia Católica y, en consecuencia, esbozar un estatuto canónico
para la Sociedad”. El tercer punto informa que “la Santa Sede ha
reiterado que la ordenación de obispos sin el mandato del Santo
Padre, quien ostenta la suprema potestad ordinaria, plena, universal,
inmediata y directa (cf. CDC, can. 331; Constitución Dogmática Pastor
Aeternus, caps. I y III), implicaría una ruptura decisiva de la
comunión eclesial (cisma), con graves consecuencias para la
Fraternidad en su conjunto”.
Como podrá observarse,
los puntos parecen irreconciliables, pero más aún, señalan que la
FSSPX es una organización irregular en la Iglesia, dando la impresión
de que de mantenerse en su posición se podrá llegar al cisma. Por
ahora hay que estar atentos a la mano izquierda de León XIV que busca
evitar las rupturas, aunque la cerrazón tradicionalista puede dar un
portazo por su interpretación. Al tiempo.
Del dicho al hecho…
la ruptura lefebvrista
Hablar de cisma (σχίσμα: escisión,
separación) es un tema incómodo en la vida de la Iglesia, dada su
pretensión de unidad declarada en el Credo, compartido por las
iglesias cristianas: “la iglesia, es Una, Santa, Católica y
Apostólica”. Estas cuatro características son las que están en juego
en la disputa de los lefebvristas y la Iglesia Católica Romana.
En este texto quiero
colocar los puntos en conflicto para sacarlo del enfoque de que el
cisma se debe sólo a la ordenación de los obispos sin permiso del
Papa. Muchos centran el debate en este punto. A mi juicio la
realización de estas ordenaciones episcopales será la causa
eficiente, es decir, el hecho de la ordenación causará la ruptura,
sin embargo, la ruptura ya está. Las ordenaciones serán la
formalización de esta. Se quiera o no, la ordenación de obispos sin
autorización de Roma será ir contra el Código de Derecho Canónico y
la Tradición que centra la autoridad sólo en el Papa. Sin
embargo, las causas son más profundas, pero en ocasiones la mirada se
centra en lo externo e inmediato.
¿Qué hay en el fondo? Los lefebvristas han construido un discurso de
preocupación por la Iglesia. No dicen que no se trata de la totalidad
de la Iglesia sino de su propia comprensión de la Iglesia. Para ello
se ubican en el sector que piensa que las cosas no cambian ni porque
el contexto lo solicite. Para ello se asume que lo señalado en lo que
se llama Tradición es la verdad absoluta sin reconocer su
construcción histórica e incluso la depuración a través del
tiempo.
La misa tridentina defendida por los lefebvristas es -aparentemente-
la expresión más acabada del conflicto. Sin embargo, hay un error de
percepción debido a que no se analiza la evolución del rito romano.
Esto implica reconocer que la misa no siempre ha sido igual. Los
primeros dos siglos del cristianismo la fracción del pan era simple,
consistía en la celebración unida a una comida comunitaria. La Didajé
muestra la estructura: reunión dominical, la confesión comunitaria de
los pecados, la reconciliación fraterna y el sacrificio puro. En este
último momento hay tres acciones: la bendición del cáliz, la fracción
del pan -véase el orden invertido- y la acción de gracias. Es hasta
el siglo V que se incorpora el Canon
Romano por León Magno, y poco a poco se van construyendo otras
plegarias eucarísticas. Entre el siglo VIII y X se incorporan
elementos litúrgicos del imperio carolingio y surge un misal
unificado. Tras un período de diversidad y desarrollo medieval, la
Reforma Protestante impulsa a la Iglesia Católica a definir y
unificar su liturgia. Es hasta el Concilio de Trento que en 1570 con
la Bula Quo
primum tempore se crea la llamada Misa Tridentina. La
suposición que existe es que no tendrá cambios. La lectura de la Bula
pone de manifiesto la pretensión de uniformidad autoritaria cuando
señala “declaramos y ordenamos que nadie sea obligado o coaccionado a
alterar este Misal, y que este documento no puede ser revocado o
modificado, sino que permanece siempre válido y conserva su plena
fuerza no obstante las constituciones y decretos anteriores de la
Santa Sede, así como cualesquiera constituciones o edictos generales
o especiales de los concilios provinciales o sinodales”. Esto no
sucedió pues se introdujeron modificaciones en 1604 (Papa Clemente
VIII), 1634 (Papa Urbano VIII), San Pío X inicia una reforma que termina
Benedicto XV en 1920. Pío XII en 1947 con la Encíclica Mediator
Dei señala que la autoridad para modificar la liturgia reside en
el Papa, y Juan XXIII promulga una reforma del Misal en 1962 donde se
introducen cambios como la mención de San José en el Canon Romano y
permite el uso de lenguas vernáculas en las lecturas. La reforma del
Concilio establecida por la Constitución Sacrosanctum concilium
pone tres claves para la Misa: simplificación de los ritos, mayor
participación de los fieles, y un uso más amplio de las lenguas
vernáculas. De esta forma, cuando los lefebvristas hablan de mantener
el rito tridentino más allá del uso del latín, buscan marcar la
separación entre creyentes y clero; y mantener la complejización los
ritos, es una estrategia derivada de lo anterior, de manera que la
distancia expresada en la posición de los sacerdotes en el campo
religioso sea no sólo formal, sino que exprese un manejo de lo
sagrado como inaccesible. Se trata de una estrategia para marcar
distancia, buscar legitimidad y volver al sacerdote imprescindible en
la mediación con lo sagrado, además de presentar a Dios como
inaccesible o al menos en un plano lejano al que sólo se llega por la
mediación sacerdotal que detenta la posesión y el manejo de los
rituales.
De lo anterior se
deriva que la visión de Iglesia expresada en la Carta de los
lefebvristas al Cardenal Fernández sea la de la ruptura “ante la
constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre
la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir
es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia”. Esta ruptura
no se reduce a la liturgia sino a mantener lo que suponen es la
verdadera iglesia atendiendo “la necesidad de las consagraciones es
una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la
Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica”.
Sea como sea, estamos ante la definición de los términos de la
ruptura. Estos pasan por la descalificación de “textos importantes
como Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium o Amoris
Lætitia. Se manifiesta igualmente en la reforma litúrgica,
comprendida a la luz de los principios reafirmados en Traditionis
Custodes” pero también sobre la comprensión de la figura de
María. Continuaremos.
“Si toman esas
decisiones, lo lamento”. Consumación cismática
Los lefebvristas han
buscado la ruptura desde la óptica de percibirse como los últimos y
únicos testigos de la iglesia preconciliar. Nada los hace cambiar de
opinión al moverse en la lógica del “todo o nada”. La revisión de la declaración
de fe que hicieron llegar al Papa el 14 de mayo de 2026 no hace
sino señalar los puntos sobre los que quieren construir un encuentro
que no reconoce los ajustes de la Iglesia del Concilio. El documento
expone la contraposición de posturas colocando lo innegociable, como
expresión del pasado que intentan recuperar de manera intransigente.
Uno de los principales errores en el análisis de la cuestión
lefebvrista es reducir el problema a una cuestión litúrgica. La
declaración de fe muestra que esto es falso, pues se encuentran tres
frentes de discusión con diversas aristas: la oposición a grupos y
cultos, la lucha contra las ideologías, y las cuestiones teológicas y
litúrgicas.
En el primer rubro: la oposición a grupos y cultos se ubica la
identificación de iglesias y cultos diferentes señalando que todo lo
no católico es falso, además la contraposición a los judíos que
suponen deben aceptar a Jesús. Finalmente plantean el rechazo a la
diversidad sexual señalando que “una pareja que practique este vicio
debe ser ayudada a liberarse de él y no puede, en ningún caso, ser
bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la
Iglesia”.
El segundo frente de batalla lefebvrista está en el plano teórico al
hablar de las ideologías que identifica en cuatro ámbitos: la
laicidad de instituciones y naciones, las morales de mínimos basadas
en los derechos humanos y el acuerdo al no garantizar la salvación,
el ecumenismo y el diálogo interreligioso al que plantean como no
querido por Dios, y la adaptación al mundo. De este modo el
planteamiento lefebvrista absolutiza su sistema de creencias al
señalar que “todo otro código moral —por ejemplo, fundado en el
respeto de la creación o en los derechos de la persona humana— es
radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. De ningún
modo puede reemplazar la única y verdadera ley moral”.
El tercer escenario de conflicto es el que se ha presentado como el
más visible: la teología y la liturgia. Aquí hay cuatro temas que
impiden el diálogo: el modelo exclusivista preconciliar que señala
que “fuera de la iglesia no hay salvación”; la interpretación de la
Misa como asamblea comunitaria, para posicionar el modelo de
verticalidad litúrgica incomprensible y misterioso con el latín como
lengua; la reducción del papel del Papa a repetidor del pasado sin
posibilidad de establecer ajustes a la doctrina religiosa; y lo que
consideran un insulto a la figura de la Virgen María al señalar que
no puede ser considerada corredentora, lo que implica dejarla fuera
del círculo de la redención.
El círculo del modelo exclusivista se cierra al declarar como centro
de su fe que “la única vía posible para restablecer la unidad entre
cristianos de distintas confesiones consiste en el llamamiento
apremiante y caritativo dirigido a los no católicos para que profesen
la única y verdadera fe en el seno de la única y verdadera Iglesia”.
El documento termina con el autosacrificio emotivista por la fe
tradicionalista: “con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte
antes que renunciar a ella. En esta fe inmutable deseamos vivir y
morir, esperando que dé paso a la visión directa de la eterna e
inmutable Verdad”.
A partir de este mapa de contraposiciones que no se desea dialogar
para encontrar puntos en común o ajustes, la ordenación de nuevos
obispos sin mandato de Roma es algo menor.
Ante la lógica del “todo o nada”, el Papa León parece dar hecho el
cisma y según mi análisis no parece vaya a aceptar las condiciones
lefebvristas, pues lo colocarían en un proceso de regresión eclesial.
Las declaraciones del 16 de junio en Castelgandolfo han sido un
llamado realista a la conservación de la unidad y el diálogo. Cosa
imposible cuando los lefebvristas ven en el cisma una especie de
oblación martirial, con la esperanza de que suceda lo mismo que con
Benedicto XVI que les levantó
la excomunión el 21 de enero de 2009. No veo posibilidades para
ello, particularmente con dos Papas -Francisco y León XIV- no
proclives al tradicionalismo y que tienen claro que los lefebvristas
pretenden auto martirizarse.
Las palabras de León XIV muestran que no está dispuesto a transigir
con los lefebvristas, pues con la lógica de un matemático concluye
fijando su posición: “Ciertamente, la división entre los cristianos
es siempre un asunto doloroso. Pero ellos se niegan a aceptar ciertos
elementos fundamentales de la Iglesia, comenzando por varios puntos
del Concilio Vaticano II. Y si toman esas decisiones, lo lamento.
Pero nosotros debemos seguir adelante".
Así, la consumación cismática es cuestión de días.
¿Cuál es el plan de
Roma con los lefebvristas?
Al finalizar el texto Schisma factum
est. De la intransigencia al cisma concluía que la posición de
Roma era clara: “excomunión, reconocimiento de cisma e implementación
de medidas para los que no deseaban adherirse al cisma”. Un día antes
el Papa León había fijado su postura, con un giro de lenguaje
característico de los latinoamericanos, al señalar: “es su elección
[...] si toman esa decisión, lo lamento, pero nosotros debemos seguir
adelante”. En su texto sobre los lefebvristas Gabriel Bourdin en
el mismo Boletín señala una interpretación sobre el conflicto que
apunta a una lectura filosófico-teológica con consecuencias
pastorales y sociopolíticas al plantear que la transubstanciación
está a la base del conflicto litúrgico entre lefebvristas e iglesia
católica, entre iglesia tradicional e iglesia pastoral. En sus
palabras la transustanciación es “el lugar donde se manifiesta el
conflicto, porque es el punto ritual donde se hace visible la
diferencia entre ontología y simbolismo; y la raíz del conflicto,
porque define la dialéctica entre fuerza social y sentido. La
fuerza social del rito produce comunidad, identidad y autoridad; el
sentido del rito produce inteligibilidad, interpretación y misión. La
tensión entre ambas dimensiones se expresa en la Eucaristía y se
vuelve visible en la transustanciación. Por eso, el episodio de Écône
no es un cierre, sino un indicador”. Esta perspectiva resulta -desde
mi punto de vista- fundamental para situar la raíz del conflicto más
allá de la perspectiva del poder, sin que por eso deje de reconocerse
que ésta es la cara más visible para muchos.
Así, a casi un mes de la ordenación de obispos sin mandato pontificio
es posible tener un panorama de la posición de Roma ante los
lefebvristas, que va más allá de la declaración de excomunión. Para
ver el peso de las acciones hay que dejar sentado que ninguno de los
Papas anteriores había tomado las decisiones de León XIV, ni siquiera
Francisco cuando había señalado “no tengo miedo al cisma”.
El 30 de junio, un día antes del cisma, León
XIV se dirige al superior lefebvrista recordando que se han
tenido gestos de benevolencia con la FSSPX por parte de los Papas
anteriores, pidiéndoles “den marcha atrás”. El Papa expone con
claridad el problema -evitando reducirlo a la ordenación- señalando
que “el acto cismático que llevarán a cabo los privaría de la
recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los
sacramentos que ellos aman y buscan para la propia santificación”. La
brevedad del planteamiento permite señalar sin matices las
consecuencias. No hay que olvidar que León XIV es un canonista y
matemático, donde la precisión es asunto central. Por eso concluye la
carta con las siguientes palabras sin dar margen a la equivocidad:
“El Señor ilumine sus conciencias y mueva sus corazones. Por la
autoridad recibida de Cristo, [...], tengo el deber de pedirles que
desistan de su intento”. Con ello coloca las coordenadas: el cisma es
un acto consciente, libre y voluntario que depende únicamente de la
FSSPX. Al mismo tiempo el cisma tiene consecuencias en términos
religiosos vinculantes: los sacramentos se recibirán de forma ilícita
y en algunos casos serían inválidos, como el matrimonio y la
confesión.
Después de este comunicado el Papa no emite otro mensaje sobre el
acto cismático. Bastan dos comunicados para señalar el asunto: el
decreto de excomunión automática (latae sententiae), y la nota
explicativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Al mismo tiempo
se establece un procedimiento para la readmisión de sacerdotes y
laicos que se retracten, dejando claras las consecuencias.
Desde este último documento se puede perfilar una respuesta a la
pregunta ¿cuál es el plan de Roma con los lefebvristas? No parece
existir una sola lectura al respecto. Una hipótesis poco viable es la
invisibilización sin embargo, parece que es viable interpretar que al
tratarse de un acto consumado sólo hay una respuesta canónica dejando
la puerta abierta para el diálogo con condiciones; otra lectura es
reforzar el silencio mediático que evite convertir a los consagrados
en mártires o figuras de atención constante; y finalmente dejar claro
que existen otros asuntos prioritarios para la Santa Sede y que la
FSSPX no lo es.
Al interior de la Iglesia la posición -comparativamente- es más
radical que la de Juan Pablo II, pues se eliminan las comisiones, se
deja sea el sacerdote que decida renunciar a la FSSPX buscar un
obispo que le reciba ad experimentum, la retractación y la solicitud
de perdón “el sacerdote deberá escribir de su puño y letra una carta
al Santo Padre en la que se presente y solicite la remisión de las
censuras en que haya incurrido por haber recibido la ordenación de un
obispo excomulgado o irregular, o bien por haber ingresado
posteriormente en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, aun habiendo
sido ordenado válida y legítimamente”. Además, deben firmar una
declaración de fe y obediencia. Al mismo tiempo, señala que los
sacramentos del matrimonio y la confesión administrados por los
lefebvristas son inválidos, independientemente de la sucesión
apostólica.
Con esta acción León XIV radicaliza las consecuencias del cisma. Por
eso, los lefebvristas juegan hoy a la sumisión presentando ante Roma
un recurso que ponga en suspensión el decreto, pues el capital
simbólico que detentan -y al que alude Bourdin- les es arrebatado.
Con esto parece entrar en juego una estrategia de Roma que lleve a la
FSSPX a su disolución o al menos control, pues el tema de la
necesidad pastoral al que aluden no es tal.
Unidad vs
uniformidad. Conflictos en la interpretación de lo religioso
La interpretación suele
colocar a las visiones religiosas contra la pared debido a la
pretensión de poseer la verdad que suelen tener las burocracias
religiosas, pero también las comunidades que se configuran alrededor
de una manera de entender lo sagrado, los ritos, mitos y las
mediaciones humanas para alcanzar los fines que cada persona o grupo
busca cuando se adhiere a una tradición religiosa. Esto sucede en
todos los sistemas de creencias, pero se vuelve más complejo cuando
se pretende identificar -en las religiones monoteístas- la
institucionalización burocratizada de las creencias con las formas
como las reinterpretan los creyentes. En el caso del catolicismo, uno de los problemas en este punto es la
confusión entre unidad y uniformidad. Desde los inicios del
cristianismo -antes incluso de que históricamente existiera la
iglesia católica- la pluralidad estaba presente. Los mismos textos
fundacionales de esta tradición lo recogen e integran la diversidad
cuando en la fiesta de Pentecostés los judíos se sorprenden al
reconocer que entre ellos hay “partos, medos, elamitas, y los que
habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en
Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más
allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como
prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas
las maravillas de Dios” (Hech 2, 9-11). Si bien sobre este listado
existen debates académicos que lo ponen en tela de juicio por
mencionar a los medos y elamitas que habían desaparecido como pueblo,
o de otros que lo ven como una creación literaria con un propósito
teológico, no histórico; su precisión geográfica y su coherencia con
el contexto de la diáspora judía del siglo I le otorgan un alto grado
de verosimilitud histórica. Por tanto, no parece extraño que las
comunidades creyentes no tengan uniformidad étnica, Pero más allá
existe una diversidad lingüística activa donde convergen hablantes de
arameo, hebreo, griego koiné, latín, persa antiguo, dialectos árabes
y posiblemente lenguas anatolias (de Frigia, Panfilia).
Otro rasgo de la diversidad es el señalamiento en el caso de los
judíos del estatus que tienen al distinguir entre judíos de
nacimiento y prosélitos. Se presenta además la diversidad política al
señalar la presencia del oriente (partos, medos, elamitas) y de
occidente (romanos). El texto entonces no es sólo un listado de grupos
humanos sino un texto religioso-político que coloca la diversidad ya
en los inicios de las comunidades cristianas. Se trata de mostrar la
diversidad étnica pero también lingüística, religiosa, política
profundamente subversiva para el orden social del Imperio
Romano.
Por otro lado, el estudio de la historia del cristianismo muestra que
la diversidad estaba presente en los rituales, de manera que no
existía una perspectiva monolítica y cada comunidad tenía prácticas
muy variadas. Si bien el bautismo y la fracción de pan eran comunes
no existía la uniformidad en las formas celebrativas.
Si esto era así en los inicios ¿qué sucedió para olvidar la
diversidad? No existe una sola causa pero la separación que viene del
cisma de 1054 coloca la diversidad en Oriente, mientras que en
Occidente el rito romano se convierte en casi único y por tanto,
hegemónico. Al mismo tiempo, aparece la centralidad del papado que se
estructuró bajo la réplica del imperio romano, favoreciendo la
suposición de homogeneidad. Sin embargo esto no sucede así, pues si
ni siquiera en las historias familiares existe un solo modo de contar
la historia, menos en una estructura compleja sostenida mediante
acoplamientos débiles como es la Iglesia católica.
El vacío en el acercamiento de muchos estudios que analizan la
diversidad religiosa dentro del catolicismo ignorando la historia
conduce a circunscribir el análisis a los propios parámetros
hermenéuticos, para suponer que la diversidad se configura sólo desde
posiciones de resistencia cultural a la perspectiva burocrática. El
riesgo de esta interpretación es confundir unidad con
uniformidad.
Si bien los datos ya señalados muestran la diversidad cultural,
social, política, religiosa, ritual, teológica y lingüística, se
puede rastrear una continuidad -si se quiere débil- en los
planteamientos de los distintos modos de ser cristiano de cada grupo
o comunidad creyente. Por supuesto que la búsqueda de la unidad no
está ausente de tensiones. El concepto “unidad en la diversidad” que
data de los inicios del cristianismo, aunque sin autor seguro,
expresa -desde antes que la modernidad lo planteara- que existe una
perspectiva que integra las diferencias. El criterio de la unidad
será lo que se identifica como “fe apostólica” o “credo de los
apóstoles”. Con ello, la diversidad religiosa al interior del
cristianismo en general y del catolicismo en particular, es un hecho
ineludible. La frase “en lo necesario, unidad; en lo no necesario,
libertad; y en ambas, caridad” se ha convertido en referente
hermenéutico de esta situación.
El trabajo antropológico que da cuenta de la existencia de diversos
modos de cristianismo y de catolicismos aporta a los estudios
religiosos información importante que muestra que a pesar de la
intención de uniformidad que pretenden las burocracias religiosas, la
diversidad religiosa dentro del cristianismo católico continúa
presente igual que en los inicios. Sin embargo, leerla como crisis
global no parece adecuado porque además de perder la perspectiva
histórica, se sitúa en el mismo marco hegemónico que parece criticar:
el de la homogeneidad. Una suposición que parece estar a la base de
este tipo de lecturas es la que plantea que el campo religioso es
siempre un espacio de tensiones por el poder, cuando posiblemente lo
sea por la interpretación. Sin embargo, hay interpretaciones que
empoderan a un grupo y otras que al reconocer la validez de la
diversidad permiten mirar como decía León Felipe que “para cada
uno tiene un camino virgen Dios”. Por eso apuesto como analista
religioso por una hermenéutica analógica.
Los lefebvristas:
excluidos y excluyentes
La cuestión lefebvrista
continúa siendo noticia al menos para algunos. En las dos últimas
publicaciones señalé que uno de los problemas en la interpretación de
lo religioso es confundir
unidad con uniformidad, lo que hace este grupo. Y abordando
específicamente el caso del cisma, comentaba que la reacción
de Roma no fue la esperada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío
X (FSSPX) al grado de que deciden -a pesar de descalificarlo- apelar
al Papa para revertir la condena.
La apuesta por el
silencio ante el conflicto como estrategia con la que suele operar el
Vaticano, no ha sido la posición actual. Roma está dejando a los
lefebvristas la mayor visibilidad y al mismo tiempo señalando de
manera directa las consecuencias de no haber detenido las
ordenaciones episcopales como lo indicó León XIV. En dos palabras la
estrategia de Roma es: exclusión y señalamiento como medida
posiblemente correctiva. Si bien no se puede decir que todos los
obispos hayan marcado distancia de la FSSPX, los que lo han hecho se
han posicionado públicamente señalando la exclusión causada por la
excomunión.
Ya el Decreto de
excomunión plantea que la FSSPX se encuentra formalmente en cisma, y
los sacerdotes y fieles que se adhieran a ella comparten la
excomunión. Al mismo tiempo, la Nota explicativa amplía los datos y
señala que los sacramentos que imparten los clérigos de la FSSPX son
ilícitos y que la confesión y el matrimonio son inválidos.
Si bien la excomunión
tiene una fuerza distinta que en siglos anteriores, se convierte en
un elemento de carácter simbólico en la lucha por la posesión de los
bienes sacramentales -que son la expresión reducida de la
eclesialidad tal como la entiende la FSSPX-, sin embargo, la
actuación de algunos obispos y rectores de santuarios y basílicas,
siguiendo al pie de la letra el decreto les ha impedido el acceso a
los templos a los que peregrinan. Así el conflicto pasa del terreno
del discurso teológico y de descalificación del Concilio Vaticano II
al endurecimiento de las posturas. Entre estas se encuentra la
prohibición oficial de la Diócesis de Tarbes y Lourdes, para impedir
celebraciones y misas en el Santuario de Lourdes. Lo mismo sucedió
con la prohibición de ingresar a la Basílica de Mariazell, de la
diócesis de Graz-Seckau en Austria. Y recientemente sucedió lo mismo
en Asís donde les fue negado el acceso -como comunidad católica
debido al cisma- a la Basílica de San Francisco. También en Estados
Unidos el Obispo de Palm Beach prohibió a las dependencias de
parroquias, misiones y escuelas prestar sus espacios para
celebraciones lefebvristas. Además la Arquidiócesis de Denver tomó la
misma decisión al negar el acceso al Santuario de Santa Francisca
Xavier Cabrini. De igual manera sucedió en Bridgeport en el estado de
Connecticut.
En México las cosas son
distintas, y sólo el obispo de Saltillo Hilario González García ha
declarado formalmente que los lefebvristas son una secta. Pero
no existe una declaración pública de la Conferencia del Episcopado
Mexicano (CEM) sobre el caso. En una consulta -para preparar este
texto- a sacerdotes católicos de 9 diócesis para preguntar si
existían declaraciones o comunicados de los obispos sobre los
lefebvristas la constante ha sido que no hay este tipo de
comunicados. La repetición de esta respuesta permite sostener que la
inexistencia de pronunciamientos sobre los lefebvristas por parte de
los obispos mexicanos apunta a la posibilidad de un manejo discreto
sobre el conflicto de un grupo cismático que tiene presencia en 25 estados con 43
capillas, prioratos o misiones. A diferencia de las señaladas
diócesis que han emitido un posicionamiento, en México la estrategia
al interior es actuar de manera discreta, y débil. Es decir, no hacer
ruido ante un grupo que si bien no es mayoritario goza de simpatías,
incluso entre algunos miembros de la jerarquía.
De cualquier forma, a
nivel internacional los datos señalan que ha iniciado un proceso de
exclusión que ha sido respondido por los lefebvristas con mensajes de
descalificación con los que estos excluyen a los católicos que no se
mueven en la óptica tradicionalista, a los cristianos de otras
denominaciones y a los creyentes de distintas religiones. Su postura
sigue siendo la descalificación de los diálogos con la Arzobispa
Primada Anglicana, con los luteranos o el encuentro de Asís que
tendrá lugar del 25 al 27 de octubre de 2026. Respecto a este último
los lefebvristas señalan que “toda otra manera de rezar a algún dios o
de invocar a cualquier divinidad constituye un falso culto, un culto
rendido al demonio”.
Se trata de una
posición extrema de la FSSPX que se radicaliza aún más, pretendiendo
uniformidad en torno a ellos; que se sorprende de las consecuencias
que ha aplicado Roma cuando esperaba el trato de 1986, pero León XIV
no parece que vaya a ceder. Vislumbro que poco a poco se irán
cerrando los espacios con la estrategia de la exclusión, pues los
lefebvristas convencidos de tener la verdad no cederán.
Los textos originales
se encuentran en los siguientes links:
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