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Del desacuerdo al cisma: seguimiento al tradicionalismo lefebvrista

 Esta es una recopilación de mis publicaciones sobre el cisma de los lefebvristas que recogieron en un boletín interno de la universidad. Lo dejo aquí porque permite una mirada panorámica que de otra forma se puede dispersar.

Diálogo abierto

Del desacuerdo al cisma: seguimiento al tradicionalismo lefebvrista

Dr. Arturo Navarro

El Dr. Arturo Navarro ha seguido las tensiones entre la Iglesia católica y los sectores tradicionalistas lefebvristas. A través de siete colaboraciones, analiza el avance del conflicto, las estrategias de ruptura, la respuesta de Roma y las disputas en torno a la autoridad, la unidad y la interpretación religiosa. Una serie que permite reconstruir el proceso desde sus primeras señales hasta su consumación cismática. La presente página constituye una compilación de los siete escritos antes mencionados.


Cisma tocando a la puerta

Los datos, las reacciones y las decisiones de un sector de clérigos detractores del Papa Francisco apuntan a la preparación de una ruptura.

En una sociedad cada vez más diversa y plural como la nuestra, hablar de cisma parece un contrasentido. En una institución aparentemente homogénea -como parecen suponer algunos-, el cisma se interpreta como un signo de desacuerdo por la ortodoxia. El cisma surge como una división, una ruptura que se gesta poco a poco y que pone a la vista la confrontación permanente de opiniones en torno al ejercicio del poder, pero revestida de una lucha por proteger la verdad. Por ello, la narrativa previa al cisma se plantea como un enfrentamiento por la ortodoxia y se reviste con un halo de sacralidad por parte de sus diferentes impulsores.

Los principales cismas tienen como eje vertebrador la búsqueda del poder y la consolidación de quienes lo detentan y perciben su desplazamiento, al aparecer nuevos grupos e interpretaciones. La lucha por el poder se presenta al menos bajo tres perspectivas: la primera se refiere a conservar el poder de la interpretación, que supone la posesión de la verdad. Al respecto se puede recordar la discusión por el monofisismo que terminó en la ruptura con los coptos y algunas iglesias orientales, o el surgimiento de la Reforma Protestante. La segunda razón de los cismas es el debate por el poder de precedencia y decisión que supone el reconocimiento de una autoridad suprema única, como en el caso de la separación de la Iglesia de Oriente en 1054, el Cisma de Aviñón o la misma Reforma. La tercera cuestión por la que puede ocurrir un cisma es la lucha por el poder de perpetuar la tradición, como en el caso de los lefevbristas y otros grupos sedevacantistas, bajo la idea de que existe una única forma de creer. De esta forma: verdad, interpretación, autoridad y tradición son los cuatro ejes de los cismas -pero paradójicamente-, al mismo tiempo el equilibrio entre ellos permite mantener la unidad. Cuando uno de ellos empieza a moverse, los cimientos de la pregonada unidad evidencian la diversidad de posicionamientos, grupos, perspectivas y hermenéuticas en juego, y con ello eventualmente puede ocurrir el resquebrajamiento. Los cismas ocurren cuando al menos dos de estos ejes - verdad, interpretación, autoridad y tradición- entran en conflicto por razones de conservar el poder -ya sea de interpretación, de precedencia y decisión o de perpetuar la tradición-. En el Papado de Francisco, los cuatro componentes se mueven. Un análisis cuidadoso permite observar que en el pontificado de Francisco han entrado en confrontación los cuatro ejes que sostienen la unidad por lo que es posible un cisma.

En el periodo conciliar queda clara la existencia de grupos que se confrontan a distintos niveles. Cada uno tiene como referente un eje de su lucha: la conservación de la verdad, la búsqueda de una interpretación única, el posicionamiento de un grupo que se entiende como autoridad, o el mantenimiento de la tradición y la corrección del error. Estos grupos se manifiestan en el Concilio, pero tienen su origen en el pasado.  Actualmente, las expresiones y acciones de algunos cardenales, las declaraciones de clérigos vinculados a la Curia Romana pero hoy desplazados, algunas acciones de miembros del aparato diplomático vaticano, el desplazamiento de sedes cardenalicias para elegir cardenales de la periferia, la negación de episcopados completos a aplicar Fiducia supplicans, y la simulación para seguir las orientaciones del papa -entre muchas cosas más- muestran que en la Iglesia Católica Romana existen las condiciones para el cisma. Estas posiciones pasan por la construcción de un discurso deslegitimador del Papa Francisco, con el que se construye la justificación para la ruptura. Al acusar al Papa de hereje se le señala como heterodoxo sosteniendo que niega algún dogma, práctica o interpretación tradicional. De este modo, sosteniendo que el Papa es un hereje, se diluyen los vínculos de respeto, cercanía y obediencia, aunque haya juramento de por medio cuando se es elegido y consagrado cardenal u obispo. La próxima batalla de estos grupos será en el futuro Cónclave.

Ante este panorama el Papa Francisco, acostumbrado a moverse en terrenos pantanosos -como el gobierno de una provincia jesuita y la dirección de una arquidiócesis en tiempos de la dictadura, izquierdas populistas y ascenso de la derecha-, ha señalado que no teme a un cisma. Resulta significativo que en 2019 a su regreso de una visita pastoral a Mozambique, Madagascar y Mauricio señalará “rezo para que no haya cismas, pero no tengo miedo”. Una cuestión que profundizaré en la próxima entrega.

 

Disgusto y ruptura de los tradicionalistas

 En el ambiente de los tradicionalistas, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se ha convertido en una referencia para buena cantidad de personas, tanto los formalmente tradicionalistas como aquellos que expresan aprecio por la misa tridentina. Sin embargo, hay coincidencias con otros grupos de la misma perspectiva. 

La identidad de estos grupos se ha forjado, no sólo por conservar la liturgia tradicional, sino a fuerza de un discurso de resistencia al Concilio Vaticano II, la creación de seminarios propios, construcción de templos y la cercanía a grupos que les apoyan, e incluso la cesión de espacios litúrgicos y templos en algunas diócesis. Esta identidad se ve reforzada por la referencia al lema Christus vincit, Christus regnat, Christus impe rat (Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera). Se trata de una frase que justifica y da soporte a su confrontación con Roma, el Papa -sea cual sea- y el Concilio. En los años recientes, se vieron favorecidos por Benedicto XVI que permitió el uso del rito antiguo, sin embargo, en el pontificado de Francisco recibieron un fuerte golpe con la prohibición de la celebración.

Benedicto XVI señaló que “el Misal Romano promulgado por san Pío V, y nuevamente por el beato Juan XXIII, debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma «Lex orandi» y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. [...] por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que nunca se ha abrogado, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia” (Summorum pontificum Art 1). En contraposición el Papa Francisco en la carta apostólica Traditionis custodes tomó una decisión diferente al señalar que “los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano” (Traditionis custodes Art 1). A la base de esta decisión se encuentran varios puntos que no hay que olvidar a riesgo de una revisión superficial: la decisión de Benedicto XVI buscaba recuperar la unidad y facilitar la comunión eclesial; esto no sucedió pues los tradicionalistas siguieron oponiéndose al Concilio, la práctica de la misa bajo la liturgia tradicional operó de manera diversa creando confusiones en los fieles y en los mismos responsables de la liturgia en algunas diócesis. El pretexto de Francisco fue una instrucción dejada por Benedicto XVI de someter a revisión su decisión. Benedicto muere cuando el proceso está en marcha. Es decir, por más aprecio que los tradicionalistas tuvieran sobre Benedicto XVI, él fue el iniciador de la revisión y Francisco sólo la continuó; pero la posibilidad de dar marcha atrás estaba en la perspectiva de Benedicto XVI. Si bien nunca se derogó la liturgia tradicional, Francisco la deja fuera al señalar que los libros litúrgicos derivados del Concilio son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano, es decir, de facto se da marcha atrás a la decisión de Benedicto XVI y se deja apenas un resquicio para ella.


La llegada de León XIV al papado, generó expectativas diversas, pero entre los tradicionalistas se veía como aquel que corregiría lo que consideran errores de Francisco. Acostumbrado a usar la mano izquierda, León XIV empezó a usar símbolos que fueron interpretados como un regreso a la tradición. Estos hechos no fueron suficientes pues el 2 de febrero de 2026 el superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, David Pagliarani comunicó la decisión de realizar nuevas ordenaciones episcopales el 1o de julio para salvaguardar el movimiento con lo que implica: situarse al margen de Roma, mantener la resistencia al Concilio y buscar de facto la aprobación del rito tradicional. Este hecho coloca al grupo más representativo del tradicionalismo en el límite de la excomunión y por tanto del cisma, al no contar con la autorización del Vaticano. La petición de nombrar obispos hecha a León XIV en 2025 fue rechazada. A esta decisión anteceden los posicionamientos del Papa que no han sido bien recibidos por los tradicionalistas, entre ellos, los que apuntalan -aun con ajustes- las reformas de Francisco: el ejercicio de la sinodalidad; la decisión de no hablar de la Virgen María como corredentora; la Carta Apostólica Una fidelidad que genera futuro con motivo del LX aniversario de los decretos conciliares Optatan Totitus y Presbyterorum ordinis; y la Exhortación Apostólica sobre los pobres llamada Dilexi te. Estas decisiones, además de aquellas organizativas en el Vaticano, dan cuenta de cierta continuidad con Francisco, y dejan de lado la suposición tradicionalista -con la que León XIV no dialoga- de que la iglesia se está acercando al modelo protestante. Los casos citados tocan el mundo de la teología mariana, la formación de los seminaristas, la opción por la sinodalidad que va directamente a transformar la gestión pastoral, y los dos Decretos Conciliares impactan la formación sacerdotal; por lo que se convierten en piedra de choque directo al pensamiento de los tradicionalistas. Las acciones litúrgicas del Papa no han pasado de pequeños guiños, pero en el ámbito tradicionalista pesa más la negativa a aceptar el Concilio, condición sin la cual los acuerdos se vienen abajo.

 
La iglesia católica quiere evitar el conflicto sin dar marcha atrás, en tanto que a la FSSPX no le importa generar el conflicto no dando marcha atrás. El 12 de febrero de 2026 se reunieron el Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y el Superior General de la FSSPX, Davide Pagliarani. Se trató de apenas un acercamiento con la intención de evitar la ruptura. Sin embargo, los hilos del cisma están trazados desde hace más de 60 años y difícilmente se lograrán acuerdos. Por parte de los lefebvristas todo indica que seguirán adelante con el nombramiento de obispos sin autorización al considerar que “el estado objetivo de grave necesidad en el que se encuentran las almas exige tal decisión” (Comunicado FSSPX).

Francisco tenía clara la perspectiva del cisma y sin temerle aceptaba esta posibilidad desde septiembre de 2019 “No le temo a los cismas. Rezo para que no haya ninguno [pues] el camino del cisma no es cristiano”. La posición del Papa León XIV ha sido clara con los tradicionalistas: no se cambia el rumbo de Francisco, y el diálogo es a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, donde el eje de la conversación es realizar un trabajo para acordar “los diferentes grados de adhesión que exigen los diversos textos del Concilio Ecuménico Vaticano II y su interpretación”; y “los requisitos mínimos para la plena comunión con la Iglesia Católica y, en consecuencia, esbozar un estatuto canónico para la Sociedad”. El tercer punto informa que “la Santa Sede ha reiterado que la ordenación de obispos sin el mandato del Santo Padre, quien ostenta la suprema potestad ordinaria, plena, universal, inmediata y directa (cf. CDC, can. 331; Constitución Dogmática Pastor Aeternus, caps. I y III), implicaría una ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma), con graves consecuencias para la Fraternidad en su conjunto”.

Como podrá observarse, los puntos parecen irreconciliables, pero más aún, señalan que la FSSPX es una organización irregular en la Iglesia, dando la impresión de que de mantenerse en su posición se podrá llegar al cisma. Por ahora hay que estar atentos a la mano izquierda de León XIV que busca evitar las rupturas, aunque la cerrazón tradicionalista puede dar un portazo por su interpretación. Al tiempo.

 

Del dicho al hecho… la ruptura lefebvrista

Hablar de cisma (σχίσμα: escisión, separación) es un tema incómodo en la vida de la Iglesia, dada su pretensión de unidad declarada en el Credo, compartido por las iglesias cristianas: “la iglesia, es Una, Santa, Católica y Apostólica”. Estas cuatro características son las que están en juego en la disputa de los lefebvristas y la Iglesia Católica Romana.

En este texto quiero colocar los puntos en conflicto para sacarlo del enfoque de que el cisma se debe sólo a la ordenación de los obispos sin permiso del Papa. Muchos centran el debate en este punto. A mi juicio la realización de estas ordenaciones episcopales será la causa eficiente, es decir, el hecho de la ordenación causará la ruptura, sin embargo, la ruptura ya está. Las ordenaciones serán la formalización de esta. Se quiera o no, la ordenación de obispos sin autorización de Roma será ir contra el Código de Derecho Canónico y la Tradición que centra la autoridad sólo en el Papa.  Sin embargo, las causas son más profundas, pero en ocasiones la mirada se centra en lo externo e inmediato.

¿Qué hay en el fondo? Los lefebvristas han construido un discurso de preocupación por la Iglesia. No dicen que no se trata de la totalidad de la Iglesia sino de su propia comprensión de la Iglesia. Para ello se ubican en el sector que piensa que las cosas no cambian ni porque el contexto lo solicite. Para ello se asume que lo señalado en lo que se llama Tradición es la verdad absoluta sin reconocer su construcción histórica e incluso la depuración a través del tiempo. 

La misa tridentina defendida por los lefebvristas es -aparentemente- la expresión más acabada del conflicto. Sin embargo, hay un error de percepción debido a que no se analiza la evolución del rito romano. Esto implica reconocer que la misa no siempre ha sido igual. Los primeros dos siglos del cristianismo la fracción del pan era simple, consistía en la celebración unida a una comida comunitaria. La Didajé muestra la estructura: reunión dominical, la confesión comunitaria de los pecados, la reconciliación fraterna y el sacrificio puro. En este último momento hay tres acciones: la bendición del cáliz, la fracción del pan -véase el orden invertido- y la acción de gracias. Es hasta el siglo V que se incorpora el Canon Romano por León Magno, y poco a poco se van construyendo otras plegarias eucarísticas. Entre el siglo VIII y X se incorporan elementos litúrgicos del imperio carolingio y surge un misal unificado. Tras un período de diversidad y desarrollo medieval, la Reforma Protestante impulsa a la Iglesia Católica a definir y unificar su liturgia. Es hasta el Concilio de Trento que en 1570 con la Bula Quo primum tempore se crea la llamada Misa Tridentina. La suposición que existe es que no tendrá cambios. La lectura de la Bula pone de manifiesto la pretensión de uniformidad autoritaria cuando señala “declaramos y ordenamos que nadie sea obligado o coaccionado a alterar este Misal, y que este documento no puede ser revocado o modificado, sino que permanece siempre válido y conserva su plena fuerza no obstante las constituciones y decretos anteriores de la Santa Sede, así como cualesquiera constituciones o edictos generales o especiales de los concilios provinciales o sinodales”. Esto no sucedió pues se introdujeron modificaciones en 1604 (Papa Clemente VIII), 1634 (Papa Urbano VIII), San Pío X inicia una reforma que termina Benedicto XV en 1920. Pío XII en 1947 con la Encíclica Mediator Dei señala que la autoridad para modificar la liturgia reside en el Papa, y Juan XXIII promulga una reforma del Misal en 1962 donde se introducen cambios como la mención de San José en el Canon Romano y permite el uso de lenguas vernáculas en las lecturas. La reforma del Concilio establecida por la Constitución Sacrosanctum concilium pone tres claves para la Misa: simplificación de los ritos, mayor participación de los fieles, y un uso más amplio de las lenguas vernáculas. De esta forma, cuando los lefebvristas hablan de mantener el rito tridentino más allá del uso del latín, buscan marcar la separación entre creyentes y clero; y mantener la complejización los ritos, es una estrategia derivada de lo anterior, de manera que la distancia expresada en la posición de los sacerdotes en el campo religioso sea no sólo formal, sino que exprese un manejo de lo sagrado como inaccesible. Se trata de una estrategia para marcar distancia, buscar legitimidad y volver al sacerdote imprescindible en la mediación con lo sagrado, además de presentar a Dios como inaccesible o al menos en un plano lejano al que sólo se llega por la mediación sacerdotal que detenta la posesión y el manejo de los rituales. 

 

De lo anterior se deriva que la visión de Iglesia expresada en la Carta de los lefebvristas al Cardenal Fernández sea la de la ruptura “ante la constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia”. Esta ruptura no se reduce a la liturgia sino a mantener lo que suponen es la verdadera iglesia atendiendo “la necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica”. 

Sea como sea, estamos ante la definición de los términos de la ruptura. Estos pasan por la descalificación de “textos importantes como Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium o Amoris Lætitia. Se manifiesta igualmente en la reforma litúrgica, comprendida a la luz de los principios reafirmados en Traditionis Custodes” pero también sobre la comprensión de la figura de María. Continuaremos.

 

“Si toman esas decisiones, lo lamento”. Consumación cismática

Los lefebvristas han buscado la ruptura desde la óptica de percibirse como los últimos y únicos testigos de la iglesia preconciliar. Nada los hace cambiar de opinión al moverse en la lógica del “todo o nada”. La revisión de la declaración de fe que hicieron llegar al Papa el 14 de mayo de 2026 no hace sino señalar los puntos sobre los que quieren construir un encuentro que no reconoce los ajustes de la Iglesia del Concilio. El documento expone la contraposición de posturas colocando lo innegociable, como expresión del pasado que intentan recuperar de manera intransigente.

 Uno de los principales errores en el análisis de la cuestión lefebvrista es reducir el problema a una cuestión litúrgica. La declaración de fe muestra que esto es falso, pues se encuentran tres frentes de discusión con diversas aristas: la oposición a grupos y cultos, la lucha contra las ideologías, y las cuestiones teológicas y litúrgicas.

 En el primer rubro: la oposición a grupos y cultos se ubica la identificación de iglesias y cultos diferentes señalando que todo lo no católico es falso, además la contraposición a los judíos que suponen deben aceptar a Jesús. Finalmente plantean el rechazo a la diversidad sexual señalando que “una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él y no puede, en ningún caso, ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia”. 

El segundo frente de batalla lefebvrista está en el plano teórico al hablar de las ideologías que identifica en cuatro ámbitos: la laicidad de instituciones y naciones, las morales de mínimos basadas en los derechos humanos y el acuerdo al no garantizar la salvación, el ecumenismo y el diálogo interreligioso al que plantean como no querido por Dios, y la adaptación al mundo. De este modo el planteamiento lefebvrista absolutiza su sistema de creencias al señalar que “todo otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto de la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. De ningún modo puede reemplazar la única y verdadera ley moral”.

El tercer escenario de conflicto es el que se ha presentado como el más visible: la teología y la liturgia. Aquí hay cuatro temas que impiden el diálogo: el modelo exclusivista preconciliar que señala que “fuera de la iglesia no hay salvación”; la interpretación de la Misa como asamblea comunitaria, para posicionar el modelo de verticalidad litúrgica incomprensible y misterioso con el latín como lengua; la reducción del papel del Papa a repetidor del pasado sin posibilidad de establecer ajustes a la doctrina religiosa; y lo que consideran un insulto a la figura de la Virgen María al señalar que no puede ser considerada corredentora, lo que implica dejarla fuera del círculo de la redención.
 
El círculo del modelo exclusivista se cierra al declarar como centro de su fe que “la única vía posible para restablecer la unidad entre cristianos de distintas confesiones consiste en el llamamiento apremiante y caritativo dirigido a los no católicos para que profesen la única y verdadera fe en el seno de la única y verdadera Iglesia”.

El documento termina con el autosacrificio emotivista por la fe tradicionalista: “con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ella. En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, esperando que dé paso a la visión directa de la eterna e inmutable Verdad”.

A partir de este mapa de contraposiciones que no se desea dialogar para encontrar puntos en común o ajustes, la ordenación de nuevos obispos sin mandato de Roma es algo menor. 

Ante la lógica del “todo o nada”, el Papa León parece dar hecho el cisma y según mi análisis no parece vaya a aceptar las condiciones lefebvristas, pues lo colocarían en un proceso de regresión eclesial. Las declaraciones del 16 de junio en Castelgandolfo han sido un llamado realista a la conservación de la unidad y el diálogo. Cosa imposible cuando los lefebvristas ven en el cisma una especie de oblación martirial, con la esperanza de que suceda lo mismo que con Benedicto XVI que les levantó la excomunión el 21 de enero de 2009. No veo posibilidades para ello, particularmente con dos Papas -Francisco y León XIV- no proclives al tradicionalismo y que tienen claro que los lefebvristas pretenden auto martirizarse. 

Las palabras de León XIV muestran que no está dispuesto a transigir con los lefebvristas, pues con la lógica de un matemático concluye fijando su posición: “Ciertamente, la división entre los cristianos es siempre un asunto doloroso. Pero ellos se niegan a aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, comenzando por varios puntos del Concilio Vaticano II. Y si toman esas decisiones, lo lamento. Pero nosotros debemos seguir adelante".
Así, la consumación cismática es cuestión de días.

 

 

¿Cuál es el plan de Roma con los lefebvristas?

 Al finalizar el texto Schisma factum est. De la intransigencia al cisma concluía que la posición de Roma era clara: “excomunión, reconocimiento de cisma e implementación de medidas para los que no deseaban adherirse al cisma”. Un día antes el Papa León había fijado su postura, con un giro de lenguaje característico de los latinoamericanos, al señalar: “es su elección [...] si toman esa decisión, lo lamento, pero nosotros debemos seguir adelante”.

En su texto sobre los lefebvristas Gabriel Bourdin en el mismo Boletín señala una interpretación sobre el conflicto que apunta a una lectura filosófico-teológica con consecuencias pastorales y sociopolíticas al plantear que la transubstanciación está a la base del conflicto litúrgico entre lefebvristas e iglesia católica, entre iglesia tradicional e iglesia pastoral. En sus palabras la transustanciación es “el lugar donde se manifiesta el conflicto, porque es el punto ritual donde se hace visible la diferencia entre ontología y simbolismo; y la raíz del conflicto, porque define la dialéctica entre fuerza social y sentido.  La fuerza social del rito produce comunidad, identidad y autoridad; el sentido del rito produce inteligibilidad, interpretación y misión. La tensión entre ambas dimensiones se expresa en la Eucaristía y se vuelve visible en la transustanciación. Por eso, el episodio de Écône no es un cierre, sino un indicador”. Esta perspectiva resulta -desde mi punto de vista- fundamental para situar la raíz del conflicto más allá de la perspectiva del poder, sin que por eso deje de reconocerse que ésta es la cara más visible para muchos.
 
Así, a casi un mes de la ordenación de obispos sin mandato pontificio es posible tener un panorama de la posición de Roma ante los lefebvristas, que va más allá de la declaración de excomunión. Para ver el peso de las acciones hay que dejar sentado que ninguno de los Papas anteriores había tomado las decisiones de León XIV, ni siquiera Francisco cuando había señalado “no tengo miedo al cisma”. 

El 30 de junio, un día antes del cisma, León XIV se dirige al superior lefebvrista recordando que se han tenido gestos de benevolencia con la FSSPX por parte de los Papas anteriores, pidiéndoles “den marcha atrás”. El Papa expone con claridad el problema -evitando reducirlo a la ordenación- señalando que “el acto cismático que llevarán a cabo los privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los sacramentos que ellos aman y buscan para la propia santificación”. La brevedad del planteamiento permite señalar sin matices las consecuencias. No hay que olvidar que León XIV es un canonista y matemático, donde la precisión es asunto central. Por eso concluye la carta con las siguientes palabras sin dar margen a la equivocidad: “El Señor ilumine sus conciencias y mueva sus corazones. Por la autoridad recibida de Cristo, [...], tengo el deber de pedirles que desistan de su intento”. Con ello coloca las coordenadas: el cisma es un acto consciente, libre y voluntario que depende únicamente de la FSSPX. Al mismo tiempo el cisma tiene consecuencias en términos religiosos vinculantes: los sacramentos se recibirán de forma ilícita y en algunos casos serían inválidos, como el matrimonio y la confesión.
 
Después de este comunicado el Papa no emite otro mensaje sobre el acto cismático. Bastan dos comunicados para señalar el asunto: el decreto de excomunión automática (latae sententiae), y la nota explicativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Al mismo tiempo se establece un procedimiento para la readmisión de sacerdotes y laicos que se retracten, dejando claras las consecuencias.
 
Desde este último documento se puede perfilar una respuesta a la pregunta ¿cuál es el plan de Roma con los lefebvristas? No parece existir una sola lectura al respecto. Una hipótesis poco viable es la invisibilización sin embargo, parece que es viable interpretar que al tratarse de un acto consumado sólo hay una respuesta canónica dejando la puerta abierta para el diálogo con condiciones; otra lectura es reforzar el silencio mediático que evite convertir a los consagrados en mártires o figuras de atención constante; y finalmente dejar claro que existen otros asuntos prioritarios para la Santa Sede y que la FSSPX no lo es. 

Al interior de la Iglesia la posición -comparativamente- es más radical que la de Juan Pablo II, pues se eliminan las comisiones, se deja sea el sacerdote que decida renunciar a la FSSPX buscar un obispo que le reciba ad experimentum, la retractación y la solicitud de perdón “el sacerdote deberá escribir de su puño y letra una carta al Santo Padre en la que se presente y solicite la remisión de las censuras en que haya incurrido por haber recibido la ordenación de un obispo excomulgado o irregular, o bien por haber ingresado posteriormente en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, aun habiendo sido ordenado válida y legítimamente”. Además, deben firmar una declaración de fe y obediencia. Al mismo tiempo, señala que los sacramentos del matrimonio y la confesión administrados por los lefebvristas son inválidos, independientemente de la sucesión apostólica. 

Con esta acción León XIV radicaliza las consecuencias del cisma. Por eso, los lefebvristas juegan hoy a la sumisión presentando ante Roma un recurso que ponga en suspensión el decreto, pues el capital simbólico que detentan -y al que alude Bourdin- les es arrebatado. Con esto parece entrar en juego una estrategia de Roma que lleve a la FSSPX a su disolución o al menos control, pues el tema de la necesidad pastoral al que aluden no es tal.

 

Unidad vs uniformidad. Conflictos en la interpretación de lo religioso

La interpretación suele colocar a las visiones religiosas contra la pared debido a la pretensión de poseer la verdad que suelen tener las burocracias religiosas, pero también las comunidades que se configuran alrededor de una manera de entender lo sagrado, los ritos, mitos y las mediaciones humanas para alcanzar los fines que cada persona o grupo busca cuando se adhiere a una tradición religiosa. Esto sucede en todos los sistemas de creencias, pero se vuelve más complejo cuando se pretende identificar -en las religiones monoteístas- la institucionalización burocratizada de las creencias con las formas como las reinterpretan los creyentes. 

En el caso del catolicismo, uno de los problemas en este punto es la confusión entre unidad y uniformidad. Desde los inicios del cristianismo -antes incluso de que históricamente existiera la iglesia católica- la pluralidad estaba presente. Los mismos textos fundacionales de esta tradición lo recogen e integran la diversidad cuando en la fiesta de Pentecostés los judíos se sorprenden al reconocer que entre ellos hay “partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hech 2, 9-11). Si bien sobre este listado existen debates académicos que lo ponen en tela de juicio por mencionar a los medos y elamitas que habían desaparecido como pueblo, o de otros que lo ven como una creación literaria con un propósito teológico, no histórico; su precisión geográfica y su coherencia con el contexto de la diáspora judía del siglo I le otorgan un alto grado de verosimilitud histórica. Por tanto, no parece extraño que las comunidades creyentes no tengan uniformidad étnica, Pero más allá existe una diversidad lingüística activa donde convergen hablantes de arameo, hebreo, griego koiné, latín, persa antiguo, dialectos árabes y posiblemente lenguas anatolias (de Frigia, Panfilia). 
 
Otro rasgo de la diversidad es el señalamiento en el caso de los judíos del estatus que tienen al distinguir entre judíos de nacimiento y prosélitos. Se presenta además la diversidad política al señalar la presencia del oriente (partos, medos, elamitas) y de occidente (romanos). El texto entonces no es sólo un listado de grupos humanos sino un texto religioso-político que coloca la diversidad ya en los inicios de las comunidades cristianas. Se trata de mostrar la diversidad étnica pero también lingüística, religiosa, política profundamente subversiva para el orden social del Imperio Romano. 
 
Por otro lado, el estudio de la historia del cristianismo muestra que la diversidad estaba presente en los rituales, de manera que no existía una perspectiva monolítica y cada comunidad tenía prácticas muy variadas. Si bien el bautismo y la fracción de pan eran comunes no existía la uniformidad en las formas celebrativas.
 
Si esto era así en los inicios ¿qué sucedió para olvidar la diversidad? No existe una sola causa pero la separación que viene del cisma de 1054 coloca la diversidad en Oriente, mientras que en Occidente el rito romano se convierte en casi único y por tanto, hegemónico. Al mismo tiempo, aparece la centralidad del papado que se estructuró bajo la réplica del imperio romano, favoreciendo la suposición de homogeneidad. Sin embargo esto no sucede así, pues si ni siquiera en las historias familiares existe un solo modo de contar la historia, menos en una estructura compleja sostenida mediante acoplamientos débiles como es la Iglesia católica. 
 
El vacío en el acercamiento de muchos estudios que analizan la diversidad religiosa dentro del catolicismo ignorando la historia conduce a circunscribir el análisis a los propios parámetros hermenéuticos, para suponer que la diversidad se configura sólo desde posiciones de resistencia cultural a la perspectiva burocrática. El riesgo de esta interpretación es confundir unidad con uniformidad. 
 
Si bien los datos ya señalados muestran la diversidad cultural, social, política, religiosa, ritual, teológica y lingüística, se puede rastrear una continuidad -si se quiere débil- en los planteamientos de los distintos modos de ser cristiano de cada grupo o comunidad creyente. Por supuesto que la búsqueda de la unidad no está ausente de tensiones. El concepto “unidad en la diversidad” que data de los inicios del cristianismo, aunque sin autor seguro, expresa -desde antes que la modernidad lo planteara- que existe una perspectiva que integra las diferencias. El criterio de la unidad será lo que se identifica como “fe apostólica” o “credo de los apóstoles”. Con ello, la diversidad religiosa al interior del cristianismo en general y del catolicismo en particular, es un hecho ineludible. La frase “en lo necesario, unidad; en lo no necesario, libertad; y en ambas, caridad” se ha convertido en referente hermenéutico de esta situación.
 
El trabajo antropológico que da cuenta de la existencia de diversos modos de cristianismo y de catolicismos aporta a los estudios religiosos información importante que muestra que a pesar de la intención de uniformidad que pretenden las burocracias religiosas, la diversidad religiosa dentro del cristianismo católico continúa presente igual que en los inicios. Sin embargo, leerla como crisis global no parece adecuado porque además de perder la perspectiva histórica, se sitúa en el mismo marco hegemónico que parece criticar: el de la homogeneidad. Una suposición que parece estar a la base de este tipo de lecturas es la que plantea que el campo religioso es siempre un espacio de tensiones por el poder, cuando posiblemente lo sea por la interpretación. Sin embargo, hay interpretaciones que empoderan a un grupo y otras que al reconocer la validez de la diversidad permiten mirar como decía León Felipe que “para cada uno tiene un camino virgen Dios”. Por eso apuesto como analista religioso por una hermenéutica analógica.

 

Los lefebvristas: excluidos y excluyentes

La cuestión lefebvrista continúa siendo noticia al menos para algunos. En las dos últimas publicaciones señalé que uno de los problemas en la interpretación de lo religioso es confundir unidad con uniformidad, lo que hace este grupo. Y abordando específicamente el caso del cisma, comentaba que la reacción de Roma no fue la esperada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) al grado de que deciden -a pesar de descalificarlo- apelar al Papa para revertir la condena.

La apuesta por el silencio ante el conflicto como estrategia con la que suele operar el Vaticano, no ha sido la posición actual. Roma está dejando a los lefebvristas la mayor visibilidad y al mismo tiempo señalando de manera directa las consecuencias de no haber detenido las ordenaciones episcopales como lo indicó León XIV. En dos palabras la estrategia de Roma es: exclusión y señalamiento como medida posiblemente correctiva. Si bien no se puede decir que todos los obispos hayan marcado distancia de la FSSPX, los que lo han hecho se han posicionado públicamente señalando la exclusión causada por la excomunión.

Ya el Decreto de excomunión plantea que la FSSPX se encuentra formalmente en cisma, y los sacerdotes y fieles que se adhieran a ella comparten la excomunión. Al mismo tiempo, la Nota explicativa amplía los datos y señala que los sacramentos que imparten los clérigos de la FSSPX son ilícitos y que la confesión y el matrimonio son inválidos.

Si bien la excomunión tiene una fuerza distinta que en siglos anteriores, se convierte en un elemento de carácter simbólico en la lucha por la posesión de los bienes sacramentales -que son la expresión reducida de la eclesialidad tal como la entiende la FSSPX-, sin embargo, la actuación de algunos obispos y rectores de santuarios y basílicas, siguiendo al pie de la letra el decreto les ha impedido el acceso a los templos a los que peregrinan. Así el conflicto pasa del terreno del discurso teológico y de descalificación del Concilio Vaticano II al endurecimiento de las posturas. Entre estas se encuentra la prohibición oficial de la Diócesis de Tarbes y Lourdes, para impedir celebraciones y misas en el Santuario de Lourdes. Lo mismo sucedió con la prohibición de ingresar a la Basílica de Mariazell, de la diócesis de Graz-Seckau en Austria. Y recientemente sucedió lo mismo en Asís donde les fue negado el acceso -como comunidad católica debido al cisma- a la Basílica de San Francisco. También en Estados Unidos el Obispo de Palm Beach prohibió a las dependencias de parroquias, misiones y escuelas prestar sus espacios para celebraciones lefebvristas. Además la Arquidiócesis de Denver tomó la misma decisión al negar el acceso al Santuario de Santa Francisca Xavier Cabrini. De igual manera sucedió en Bridgeport en el estado de Connecticut.

En México las cosas son distintas, y sólo el obispo de Saltillo Hilario González García ha declarado formalmente que los lefebvristas son una secta.  Pero no existe una declaración pública de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) sobre el caso. En una consulta -para preparar este texto- a sacerdotes católicos de 9 diócesis para preguntar si existían declaraciones o comunicados de los obispos sobre los lefebvristas la constante ha sido que no hay este tipo de comunicados. La repetición de esta respuesta permite sostener que la inexistencia de pronunciamientos sobre los lefebvristas por parte de los obispos mexicanos apunta a la posibilidad de un manejo discreto sobre el conflicto de un grupo cismático que tiene presencia en 25 estados con 43 capillas, prioratos o misiones. A diferencia de las señaladas diócesis que han emitido un posicionamiento, en México la estrategia al interior es actuar de manera discreta, y débil. Es decir, no hacer ruido ante un grupo que si bien no es mayoritario goza de simpatías, incluso entre algunos miembros de la jerarquía.

De cualquier forma, a nivel internacional los datos señalan que ha iniciado un proceso de exclusión que ha sido respondido por los lefebvristas con mensajes de descalificación con los que estos excluyen a los católicos que no se mueven en la óptica tradicionalista, a los cristianos de otras denominaciones y a los creyentes de distintas religiones. Su postura sigue siendo la descalificación de los diálogos con la Arzobispa Primada Anglicana, con los luteranos o el encuentro de Asís que tendrá lugar del 25 al 27 de octubre de 2026. Respecto a este último los lefebvristas señalan que “toda otra manera de rezar a algún dios o de invocar a cualquier divinidad constituye un falso culto, un culto rendido al demonio”.

Se trata de una posición extrema de la FSSPX que se radicaliza aún más, pretendiendo uniformidad en torno a ellos; que se sorprende de las consecuencias que ha aplicado Roma cuando esperaba el trato de 1986, pero León XIV no parece que vaya a ceder. Vislumbro que poco a poco se irán cerrando los espacios con la estrategia de la exclusión, pues los lefebvristas convencidos de tener la verdad no cederán.

 

 Los textos originales se encuentran en los siguientes links:

 

 

 


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