martes, 30 de abril de 2013

¿Dónde está la voz de los conservadores?

La elección del Papa Francisco al parecer a tomado de sorpresa a los grupos conservadores. Hasta el momento sus pronunciamientos, han sido apenas breves muestras de felicitación por la elección. Sin emabrgo, el silencio es una forma de expresión muy importante, que no se puede perder de vista cuando la elección del Pontífice implica a la iglesia entera, de la que los conservadores forman también parte.
Durante el pontificado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los conservadores se mostraron claramente como un grupo con fuerte presencia. Estaban en todos lados, se hacían presentes en las audiencias públicas y privadas, en las comisiones y en el nombramiento de obispos.
Hoy en apenas un mes y medio, no parecen acabar de reponerse de su sorpresa. No han sido tratados con descortesía o con rudeza. Y sin embargo, los discursos y predicaciones del Papa Francisco, contienen un mensaje que parecen no entender o no querer hacerlo, o por lo menos, les resulta distante. Tanto como para mantenerse en silencio, a la distancia y al acecho.
Las acciones también ha dejado desconcertados a muchos, empezando por el encargado de las celebraciones litúrgicas.

Lo complicado no es que las voces conservadoras se hayan silenciado, sino que al no hablar muestran una postura más rígida. Es necesario que muestren su palabra, sus ideas más allá de las conversaciones discretas a las que están acostumbrados.

Con la elección del Papa Francisco, los conservadores pueden aprender a poner en la arena del debate sus propias posturas. Nada le haría un mejor servicio a la Iglesia que el diálogo ad intra.

jueves, 11 de abril de 2013

Francisco se denuda para cubrir la desnudez del Papa

Texto de Leonardo Boff. Consultar en Servicios Koinonia          
 
  Saben los historiadores que el Papa del tiempo de san Francisco, Inocencio III (1198-1216), llevó el papado a un apogeo y esplendor como nunca lo había habido antes ni lo habrá después. Hábil político, consiguió que todos los reyes, emperadores y señores feudales, con algunas excepciones, fuesen sus vasallos. Bajo su regencia estaban los dos poderes supremos: el Imperio y el Sacerdocio. Ser sucesor del pescador Pedro era poco para él. Se declaró «representante de Cristo», pero no del Cristo pobre, que andaba por los polvorientos caminos de Palestina, profeta peregrino, anunciador de una radical utopía, la del Reino del amor incondicional al prójimo y a Dios, de la justicia universal, de la fraternidad sin fronteras y de la compasión sin límites. Su Cristo era el Pantocrator, el Señor del Universo, cabeza de la Iglesia y del Cosmos.
            Esta visión favoreció la construcción de una Iglesia monárquica, poderosa y rica pero absolutamente secularizada, contraria a todo lo que es evangélico. Tal realidad sólo podía provocar una reacción contraria entre el pueblo. Surgieron los movimientos pauperistas, de laicos ricos que se hacían pobres. Predicaban por su cuenta el evangelio en la lengua popular: el evangelio de la pobreza contra el fasto de las cortes, de la sencillez radical contra la sofisticación de los palacios, la adoración al Cristo de Belén y de la Crucifixión contra la exaltació
n de Cristo Rey todo poderoso. Eran los valdenses, los pobres de Lyon, los seguidores de Francisco, de Domingo y de los siete Siervos de María de Florencia, nobles que se hicieron mendicantes.
            A pesar de este fasto, Inocencio III fue sensible a Francisco y a los doce compañeros que lo visitaron, desharrapados, en su palacio de Roma, para pedirle permiso para vivir según el evangelio. Conmovido y con remordimientos, el Papa les concedió un permiso oral. Corría el año 1209. Francisco no olvidaría este gesto generoso.
            Pero la historia da sus vueltas. Lo que es verdadero e imperativo, llegado su momento de maduración, se revela con una fuerza volcánica. Y se reveló en 1216 en Perugia adonde fue el Papa Inocencio III a uno de sus palacios.
            Súbitamente el Papa muere después de 18 años de pontificado triunfante. Pronto se oyen los sonidos lúgubres del canto gregoriano provenientes de la catedral pontificia. Se entona el grave planctum super Innocentium («el llanto sobre Inocencio»).
            Nada detiene a la muerte, señora de todas las vanidades, de toda la pompa, de toda gloria y de todo triunfo. El ataúd del Papa está frente al altar mayor cubierto oropeles, joyas, oro, plata y los signos del doble poder sagrado y secular. Cardenales, emperadores, príncipes, monjes y filas de fieles se suceden en la vigilia. El obispo Jacques de Vitry, llegado de Namur y nombrado después cardenal de Frascati, es quien lo cuenta.
            Es medianoche. Todos se retiran apesadumbrados. Solamente la luz vacilante de las velas encendidas proyecta fantasmas en las paredes. El Papa, en otro tiempo siempre rodeado de nobles, está ahora solo con las tinieblas. Y de pronto unos ladrones entran sigilosamente en la catedral. En pocos minutos despojan el cadáver de todas las ropas preciosas, del oro, la plata y las insignias papales.
            Ahí yace un cuerpo desnudo, ya casi en descomposición. Se hace realidad lo que Inocencio III dejara registrado en un famoso texto suyo sobre «la miseria de la condición humana». Ahora ella se muestra con toda la crudeza en su verdadera condición.
            Un pobrecito, sucio y miserable, se había escondido en un rincón oscuro de la catedral para velar, rezar y pasar la noche junto al Papa. Se quitó la túnica rota y sucia, túnica de penitencia, y con ella cubrió las vergüenzas del cadáver ultrajado.
            Siniestro destino de la riqueza, grandioso el gesto de la pobreza. La primera no lo salvó del saqueo, la segunda lo salvó de la vergüenza.
            Y concluye el cardenal Jacques de Vitry: «Entré en la iglesia y me di cuenta, con plena fe, de cuán breve es la gloria engañosa de este mundo».
            Aquel al que todos llamaban Poverello y Fratello nada dijo ni nada pensó. Sólo hizo. Quedó desnudo para cubrir la desnudez del Papa que un día le aprobara el modo de vida. Francisco de Asís, fuente inspiradora del Papa Francisco de Roma.       

domingo, 24 de marzo de 2013

Misa de inicio de Pontificado Papa Francisco


Dentro de unos años será un testimonio histórico.

Domingo de Ramos

La Semana Santa comienza con la procesión de los Ramos. Se trata de una acción litúrgica que pone de manifiesto la centralidad del reinado de Jesús. Un reinado que tiene peculiaridades que contrastan con nuestra forma de entender el ejercicio del poder. 

En primer término, se trata una entrada triunfal que poca similitud tiene con la entrada del representante del César a los pueblos conquistados. Jesús entra montado en un burro y no en un gran corcel o rodeado de soldados en un carruaje. Los que le rodean no son los grandes funcionarios sino los hombre sy mujeres del pueblo, los desposeídos que tienden a su paso sus mantos para hacer una especie de alfombra. 

En esta Misa pareciera paradójico que en la procesión se lea el evangelio del acontecimiento y durante la Misa, la narración de la Pasión. Con esta continuidad, se busca hilvanar los dos acontecimientos: la opción por los pobres, por los desposeídos, por la causa de los marginados, siempre tiene como colofón el arriesgar la vida. 

"Bendito el que viene, en nombre del Señor" es una frase que no deja lugar a dudas entre el pueblo, el mensaje de Dios es siempre el de la recuperación de la esperanza.

martes, 19 de marzo de 2013

Alegre esperanza moderada ante Francisco

La elección de Francisco como Papa despierta la esperanza en muchos sectores. En otros continua la discusión sobre su desempeño en sus años de Provincial de los jesuitas en Argentina.

De cualquier modo, si es cierto que por sus obras se conoce a las personas, en estos días hemos visto a un Papa Francisco que recupera, sin haberse formado en esta espiritualidad lo mejor de la tradición franciscana: la simplicidad en el trato, la cercanía pastoral, la claridad en los planteamientos, la austeridad, y el trato cercano con la gente. Todas estas características en lenguaje franciscano, se reducen a dos ideas: la fraternidad y la minoridad.

El riesgo es que el Papa sea limitado por las instancias vaticanas, tan dadas a la formalidad, a la predicación leída y elaborada en un escritorio sin sensibilidad pastoral. Una Curia que aprecia la distancia, el boato, la palabra vacía y desconoce las preocupaciones de los creyentes sencillos, de a pie. Por otra parte está la Guardia Vaticana, que para cuidar al Papa considera que debe imponer la distancia entre los creyentes y el Papa.

Pero la tarea más complicada, es la reforma de la Curia. El Papa Francisco, no fue un curial Vaticano, pero no desconoce el modo de hacer política dentro de la Iglesia, ni las intrigas palaciegas. También ha escuchado las exigencias de los cardenales de reconstruir al Iglesia, particularmente de aquellos que no están en Roma, sino en sus diócesis y no se han caracterizado por el encubrimiento. Por supuesto, a los otros también los conoce.
Hoy tendrá que sacar lo más fuerte de su formación política en la orden jesuita, para la reforma de la iglesia. Es importante ver su mano derecha adherida a la sensibilidad franciscana, pero es necesario empezar a ubicar en los próximos días, la forma como usa su mano izquierda de sensibilidad jesuita.

La reforma de la Iglesia, requiere de ambas manos. Pero a pesar de esta observación, hoy me siento esperanzado en la acción de Francisco. El gesto de saludar a los fieles de mano, con beso incluido, a la salida de la parroquia, me recordó el enorme valor de la fraternidad y la cercanía pastoral. Y me ha vuelto al esperanza en una iglesia realmente situada en el valor de los orígenes, antes de romanizarse.

Se trata de una esperanza moderada.

miércoles, 13 de marzo de 2013

De Bergoglio a Francisco I. El nombre define.



Las reacciones ante la elección del nuevo pontífice no han dejado de circular en las redes, señalando perspectivas diversas. ¿Quién tiene la razón? En estos momentos hacer una valoración serena, no es fácil, sobre todo cuando los ánimos no parecen estar en el justo medio sino en las polaridades.

Hace unos días publiqué en Proyecto Diez, que el candidato que veía con más fuerza era precisamente al jesuita que gusta ser llamado “Padre Bergoglio”.  No me equivoqué, y espero que mi comentario de hoy permita situar –al menos en parte- las perspectivas sobre el nuevo Papa.

De Bergoglio se dicen muchas cosas, desde quienes lo identifican como colaboracionista con el militarismo, hasta quienes opinan que no tuvo nada que ver con el asunto, y que más bien se trató de un sacerdote que guardó una postura silenciosa y no tomó partido por la lucha frontal contra las violaciones a los derechos humanos.

Por otra parte, destaca su perfil sencillo, al grado de usar el transporte público, responder las llamadas telefónicas directamente, preparar su comida, y vivir en una habitación anexa a la catedral, y no en un palacio episcopal, como lo hace la mayoría. Es un hombre preocupado por la oración y la cercanía con sus feligreses. A otros les preocupa lo que señalan como perfil conservador, por su oposición a los matrimonios gay y al aborto.  En este sentido destacan las confrontaciones que por estos motivos, y la expansión de la pobreza, ha tenido con los dos últimos presidentes de Argentina.

Se trata pues de un hombre, al que desde hace ocho años ya se le había considerado como posible sucesor de Pedro. De esta forma, su elección no es una sorpresa. Pero más allá de los planteamientos que he señalado, ¿quién es Francisco I y qué se puede esperar de él?


En principio se trata de un hombre que a diferencia de sus antecesores cercanos, no procede del clero diocesano  sino del clero religioso. Este solo hecho marca una diferencia, pues su formación ha pasado por procesos de vida distintos a los que ordinariamente se viven en los seminarios diocesanos. Procede de la Compañía de Jesús, una orden religiosa que tiene como eje clave de su espiritualidad el discernimiento, y como señal de su identidad, -le ha enseñado en las Normas Complementarias n. 252-, que “Nuestro servicio a la Iglesia sólo será verdaderamente cristiano si está anclado en la fidelidad a Aquel que hace nuevas todas las cosas; y sólo será jesuítico si está unido con el sucesor de Pedro”. Es decir, por opción y formación sabe cuál es el centro de la vida cristiana, y el vínculo con la sede de Pedro. Por otra parte, hay señales de su cercanía espiritual con la figura de Francisco de Asís, de quien toma su nombre: la moderación, la pobreza y la simplicidad, traducida en la fraternidad y la minoridad. Se trata de la convergencia de dos perspectivas: la del discernimiento, y la de “la reconstrucción de la Iglesia que amenaza ruina”, tal como lo descubrió Francisco al pensar su misión.

Moderado, parece una palabra más clara para definir entonces a este sucesor de Benedicto XVI. No se trata de la fuerza demoledora de los cambios revolucionarios, sino de la reconstrucción de la Iglesia buscando no perder lo bien hecho, y de allegarse elementos nuevos, para que el edificio quede en pie. Muchos podrían desear cambios inmediatamente, condenas y rupturas. No se percibe que vaya a ser la tendencia inicial, pero parece que Francisco I tiene claro que su tarea es la reconstrucción de la Iglesia. Así lo ha dejado entrever en varios símbolos que acompañaron su primer saludo. Si en política, la forma es fondo, lo mismo sucede en la Iglesia. El mensaje de Francisco I, comienza preocupado por la cercanía que expresa con un saludo, “hermanos, hermanas, buenas noches” y termina con un “descansen bien”. Parece una cuestión simple pero es expresión de cordialidad.

La segunda señal, es la vestimenta sin la estola, hasta que uno de sus asistentes la coloca para la bendición. Y dado que la estola es el símbolo de la autoridad sacerdotal por excelencia, Francisco I se presenta sin esta señal de autoridad, lo que no significa que la desconozca, pero puede expresar un modo de proceder que acompañará este pontificado. La tercera señal y más importante, es que indica el camino de la iglesia en términos de evangelización, y para que esto ocurra se requiere volver  a las fuentes, a la de la fraternidad, el amor y la fe, tres palabras que acompañaron su idea de evangelización.

La percepción de quienes conocen a Francisco I, es que es un hombre que profundiza en las cosas, por ello no ha sido casual que opte por el nombre de Francisco, pues expresa la claridad de la tarea reformista que requiere la Iglesia.


Por supuesto que no se han de olvidar los calificativos de conservador que se le atribuyen, pero ¿quién de los cardenales no lo era? Un análisis reposado, permite observar que hay cosas que no cambiarán en la vida de la iglesia, como su idea del matrimonio o el aborto. Se trata de asuntos que no se pondrán en la mesa de la discusión, más que por conservadurismo, por cuestiones de tipo teológico. En este sentido es importante saberlo, para ubicar las cosas. Del tema del aborto y los matrimonios homosexuales no se harán cambios; y sin embargo el mensaje que deja entrever el símbolo del nombre, Francisco, indica que habrá una transformación. Los temas son de sobra conocidos, similares en cierta medida a la crisis que vivía la Iglesia en 1206 cuando Francisco de Asís recibió el mandato: “Ve y repara mi casa que amenaza ruina”.

Un análisis reposado de estos elementos vendrá con los días, cuando se escuche su mensaje el martes en la misa de inicio del pontificado, y en los movimientos que realice en la Curia Romana. Se trata de un Papa con un perfil más cercano a los movimientos mendicantes de la edad media, que al de los altos vuelos intelectuales, aunque pudiera tenerlos.  La transformación vendrá en términos de una evangelización que impulse la fraternidad, la reconstrucción de los lazos perdidos, y la reconstrucción de una iglesia en ruinas. 

Esta conferencia se presentó en Iteso en 2024 para ofrecer una reflexión sobre el legado y el impacto de Jorge Manzano SJ en el fomento del ...